martes, 1 de julio de 2008

La oscuridad

Es noche cerrada en Misselthwaite. La desesperanza reina en los alrededores del jardin... y nos preguntamos como es que podemos confortarnos cuando el panorama se ve tan oscuro que es humanamente imposible salir... Es cierto y un pensamiento reconfortante el decir que la oscuridad es finita, que no puede cubrirlo todo y que al pasar las horas volverá a brillar el Sol dormido al otro lado del planeta... pero sin embargo... en el moemento... el miedo nos hela la cabeza... ¿qué podemos hacer?
Al recuerdo surge esta escena de una pequeña que ante una oscuridad mortal y un miedo atroz decidió confiar y abandonarse a la unica fuerza que cuando no podemos, está sobre nosotros sobrevolando para que nuestra barca no se hunda en la tempestad:

“A la mañana siguiente, había buen tiempo, pero una calma aplastante. La masa oscura estaba al frente, mucho más cercana y grande, pero muy borrosa todavía, de modo que algunos pensaban que aún estaba bastante lejos, y otros, que estaban entrando en una bruma.

De súbito, alrededor de las nueve de la mañana, estaban tan cerca que pudieron ver que no era tierra en absoluto, ni siquiera una bruma en un sentido correcto de la palabra. Era una Oscuridad. Es bastante difícil describir una oscuridad, pero comprenderás mejor si te imaginas que estás mirando la boca del túnel de un tren, pero un túnel tan largo, o con tantas curvas, que no puedes ver la luz al final. Y tú sabes cómo debería ser. A los pocos metros verías los rieles, los durmientes y el ripio a plena luz de día; luego vendría un sector donde se estaría en el crepúsculo; y después, muy de repente, pero por supuesto sin una línea divisoria definida, todo se desvanecería completamente en una negrura pareja y densa. Lo mismo ocurría aquí, pues a pocos metros frente a proa podían ver el oleaje del agua de brillantes tonos verde-azul. Más allá, podían advertir que el agua se veía un poco más pálida y gris, como se ve al atardecer. Pero aún más allá, una completa oscuridad, como si hubiesen llegado al límite de una noche sin luna y sin estrellas.(...) De pronto, de algún lugar (ya nadie tenía ningún sentido de orientación muy claro), provino un grito, que bien se podía tratar de una voz no humana, o bien de la voz de alguien en tal estado de pánico, que casi había perdido su condición humana. Caspian aún estaba tratando de hablar (tenía la boca muy seca), cuando se oyó la voz aguda de Rípichip, que en aquel silencio se sintió más fuerte de lo normal.

—¿Quién llama? —chilló—. Si eres un enemigo, no te tememos, y si eres un amigo, tus enemigos aprenderán a tener miedo de nosotros.

—¡Piedad! —gritó la voz—. Incluso si ustedes no son más que otro sueño, tengan piedad. Súbanme a bordo. Se lo suplico, súbanme a bordo, aunque sea para darme muerte. Pero, ¡por amor del cielo!, no se desvanezcan dejándome solo en esta horrible tierra.

—¿Dónde estás? —gritó Caspian—. Sube a bordo y seas bien venido.

Se oyó otro grito, que podía ser tanto de alegría como de terror, y supieron que alguien estaba nadando en dirección a ellos.

—Señores, prepárense para subirlo —dijo Caspian.

—A la orden, su Majestad —respondieron los marineros.

Muchos se agolparon a las amuradas a babor llevando cuerdas y uno de ellos se inclinó hacia afuera sobre uno de los costados del barco, sosteniendo una antorcha. En la oscuridad del agua apareció una cara salvaje y blanca, y luego, después de algunos forcejeos y tirones, una docena de manos amistosas subieron al desconocido a bordo.

Edmundo pensó que jamás había visto un hombre de aspecto más extraño. Aunque no parecía ser demasiado viejo, al contrario, su pelo era una desordenada mata de canas, su cara era delgada y arrugada, y por vestimenta sólo le colgaban unos andrajos empapados. Pero lo que más sorprendía eran sus ojos tan inmensamente abiertos, que parecían no tener párpados, y que miraban fijo, como en una agonía de puro miedo.

En cuanto sus pies tocaron cubierta, dijo:

—¡Huyan, huyan! Den vuelta y huyan. Remen, remen por sus vidas, fuera de esta maldita playa.

—Cálmate —dijo Rípichip— y dinos cuál es el peligro. Nosotros no estamos acostumbrados a huir.

Al oír la voz del Ratón, el desconocido se sobresaltó terriblemente, pues no lo había visto antes

—Sin embargo, saldrán huyendo de aquí —dijo jadeante—. Esta es la isla donde los sueños se hacen realidad.

—Es la isla que he buscado todo este tiempo —dijo uno de los marineros—. Imaginé que me casaría con Nancy si desembarcábamos aquí.

—Y que yo encontraría a Tomás nuevamente con vida —dijo otro.

—¡Tontos! —dijo el hombre pateando el suelo con rabia—. Este es el tipo de habladurías que me trajo hasta aquí, y la verdad es que preferiría haberme ahogado, o no haber nacido siquiera. ¿Oyeron lo que les dije? Aquí es donde los sueños, los sueños, ¿entienden?, cobran vida, se hace realidad. No los ensueños, sino los sueños.

Hubo casi medio minuto de silencio y, luego, con gran ruido de armaduras la tripulación completa se dejaba caer como podía por la escotilla principal, lo más rápido posible. Todos se precipitaron a los remos, para remar como nunca antes lo habían hecho; y Drinian hacía girar el timón, y el contramaestre fijaba el más veloz ritmo de remada que jamás se oyera en el mar. Pues había bastado sólo medio minuto para que todos recordaran ciertos sueños que habían tenido, sueños que hacían que uno tuviera miedo de volverse a dormir, y comprendieron lo que ocurriría si desembarcaban en una tierra en que los sueños se hacen realidad.

Sólo Rípichip permaneció inmóvil.

—Su Majestad, su Majestad —dijo—. ¿Va a tolerar este motín, esta cobardía? Esto es pánico, es una desbandada.

—¡Remen, remen! —vociferaba Caspian—. ¡Empujen a matarse! Drinian, ¿estamos en el rumbo? Puedes decir lo que quieras, Rípichip, pero hay ciertas cosas a las que un hombre no puede hacer frente.

—Entonces tengo suerte de no ser un hombre —respondió Rípichip con una reverencia muy ceremoniosa.

Desde las alturas, Lucía había oído todo, y en un instante se le vino a la cabeza uno de sus propios sueños que con gran esfuerzo había tratado de olvidar; volvió a su memoria en forma tan real, como si acabara de despertar de él. ¡De modo que eso era lo que estaba tras ellos en la isla, en la oscuridad! Por un segundo quiso bajar a cubierta y quedarse con Edmundo y Caspian; pero ¿de qué serviría? Si los sueños empezaban a volverse realidad, tanto Edmundo como Caspian podrían transformarse en algo horrible cuando ella se les acercara. Se sujetó a la baranda de la cofa de combate y trató de calmarse. Los hombres estaban remando hacia la luz, lo más rápido que podían; todo estaría bien en unos segundos. ¡Oh, si todo pudiese estar bien ahora mismo! A pesar de que los remos hacían mucho ruido, no lograban cubrir el silencio total que rodeaba al barco. Todos sabían que era preferible no escuchar, ni aguzar el oído a cualquier sonido que viniera de la oscuridad, pero nadie podía evitar escuchar, y pronto todos empezaron a oír cosas. Cada uno oía cosas diferentes.

—¿Oyes un ruido semejante a... un par de tijeras gigante, que se abre y cierra... allá, en esa dirección? —preguntó Eustaquio a Rins.

—¡Silencio! —repuso Rins—. Las oigo trepar por los lados del barco.

—Se va a instalar arriba del mástil —dijo Caspian.

—¡Uf! —exclamó un marinero—. Están comenzando a sonar los gongs. Sabía que sonarían.

Caspian, tratando de no mirar nada (especialmente de no seguir mirando tras de sí), fue a popa, donde estaba Drinian.

—Drinian —le dijo en voz muy baja—. ¿Cuánto tiempo nos demoramos remando hacia allá, es decir, hasta el lugar donde recogimos al desconocido?

—Cinco minutos, tal vez —susurró Drinian—. ¿Por qué?

—Porque llevamos más tiempo que ése tratando de salir de aquí.

La mano de Drinian tembló sobre el timón y por su cara rodó una gota de sudor frío. Todos pensaban lo mismo.

—¡Jamás saldremos de aquí, jamás! —se quejaban los remeros—. Lleva mal el timón. Estamos dando vueltas y vueltas en círculos. ¡Nunca saldremos de aquí!

El desconocido, que yacía en la cubierta hecho un ovillo, se sentó y lanzó una horrible y estridente carcajada.

—¡Nunca saldremos de aquí! —dijo a gritos—. Así es. Por supuesto. Nunca saldremos. ¡Qué tonto fui al pensar que me dejarían ir tan fácil! No, no. Jamás saldremos de aquí.

Lucía apoyó la cabeza en la baranda de la cofa de combate y susurró:

—Aslan, Aslan, si es cierto que nos amas, ayúdanos ahora.

La oscuridad no disminuyó, pero Lucía se empezó a sentir un poquito, un muy, muy poquito mejor. “Después de todo, todavía no nos ha pasado nada”, pensó.

—¡Miren! —se oyó la voz ronca de Rynelf, desde la proa.

Allí enfrente se veía un puntito de luz y, mientras lo miraban, de él cayó un inmenso rayo de luz sobre el barco. Esto no alteró la oscuridad reinante, pero el barco entero se iluminó, como por un reflector. Caspian pestañeó, miró a su alrededor, vio a sus compañeros, todos con cara de locos y la mirada fija. Miraban hacia el mismo punto: detrás de cada cual, sus negras y afiladas sombras.

Lucía miró a lo largo del rayo, y de pronto vio algo en él. Al principio parecía ser una cruz, luego un avión, después un volantín y, finalmente, con un batir de alas, se paró justo sobre ella, y vio que era un albatros. Dio tres vueltas alrededor del mástil y luego se posó un instante en la cabeza del dragón dorado de proa. Gritó con una voz fuerte y dulce algo que parecían ser palabras, a pesar de que nadie las comprendió. Luego extendió sus alas, se elevó y comenzó a volar lentamente hacia adelante, torciendo un poco a estribor. Drinian condujo el barco tras él, sin dudar que era un buen guía. Pero nadie, salvo Lucía, supo que mientras volaba alrededor del mástil le había susurrado “Ten valor, mi amor”, y ella estaba segura de que esa voz era la de Aslan y, con la voz, sintió un delicioso olor junto a su cara.

En pocos segundos la oscuridad de adelante se volvió agrisada y, luego, casi antes de que se atrevieran a hacerse ilusiones, ya habían salido a la luz del sol y se encontraban nuevamente en el mundo azul y templado. Y así como esos momentos en los que simplemente quedarse en la cama, viendo cómo la luz del día entra a raudales por la ventana, y oír la voz alegre de un cartero madrugador o del lechero que gritan allá abajo, y darse cuenta de que “sólo fue un sueño: no era verdad”, es tan maravilloso que casi vale la pena tener una pesadilla para experimentar la alegría de despertar; así se sintieron todos al salir de la oscuridad.

Los asombró la claridad del barco: casi esperaban que la oscuridad se hubiera pegado al blanco y al verde y al dorado, como la mugre o la nata."

Para todos aquellos que esten sumidos o cerca de la desesperanza no desesperen tengan animos pues aquel que es Señor de los Vientos y los Mares duerme en nuestra barca presto para escuchar el pedido de auxilo de quien se lo pida.

3 comentarios:

Mary Lennox dijo...

C.S.Lewis "Las crónicas de Narnia: La travesía del explorador del amanecer" Ed. Andres Bello,1996,Santiago de Chile,pp.142-151

+ AMDG + dijo...

Bueno, alfín nos encontramos por territorio conocido. Supongo que habrá leído algún relato de la breve pero feliz etapa en que HP Lovecraft estuvo noviando.

Algo de su material fue francamente inferior, el efecto de la dicha se notaba en su producción intelectual. Ya no era la misma obsesión por hacer brillar su intelecto, en un mundo totalmente tenebroso.

Algunos también atribuyen a Mr. Derleth esta "mejoría", que una vez estabilizada dio sus frutos. Puntualmente me refiero a cierto cuento francamente iniciático, semejante al Explorador del Amanecer, pero dentro de lo que una mente neopagana de formación inglesa podía aceptar.

"The White Ship" es el relato de su propio viaje. Anhelando llegar a esa Ola que siempre esta deviniendo (El "Seré, Seré, Seré" de Frai Luis de León - Los nombres de Dios). Al no contar con el Auxilio de la Gracia, por propia soberbia elección, termina nuevamente donde inició la travesía.

El mérito de CS Lewis es haber tenido Fe y dejado guiar a sus personajes por "El Ave Blanca". Igualmente este buen amigo tropezó al final de sus días, y dejó su trayecto en el mundo de las analogías y metáforas literarias.

Demasiados faunos, silfas, silfides, animales parlanchines y tantos otros habitantes del bestiario popular celta (edición grecófila), no ayudan en el humilde y solitario sendero de la Cruz.

Es en esto que veo el error de estos autores, porque el error sin duda que existe. Y es también en esto en lo que J.R.R. Tolkien se distinguió muy por encima de toda su generación, a pesar de compartir la misma lamentable educación.

El viejo y querido "abuelo" tenía la memoria de su madre. Los años de padecimiento y persecución. En síntesis, su propio personal martirio. Esto le abrió los ojos del alma y el corazón a la clave que sus congéneres no pudieron hallar.

Esta es simplemente la Santa Cruz, el Sacrificio como puente que une y trasciende aquel muro que es abismo. Solo con aquel presente se paga el paso por aquella senda, por la que el propio Hijo de Dios sufrió.

Por eso, querida hermana en Cristo y María Santísima, te recuerdo la máxima cartuja en este momento de tinieblas...

STAT CRUX, DUM VOLVITUR ORBIS

AMDG +

Crux Australis

Mary Lennox dijo...

Estimado Misomito:
Otra vez me veo contestándole. De Hp Lovecraft no he leído Nada, así que acerca de él no me animo a opinar, sea mi amiga Athena, si a ella le place hablar.
En cuanto a lo demás me suena que conoce poro a C.S.Lewis, si piensa que cometió el tamaño error de perderse en la Mitología y olvidarse de Cristo y de su Cruz. Quizás de él solo haya leído novelas y cuentos y ningún ensayo; le recomiendo "Los milagros" para que vea que de Cristo y de su Cruz el buen Irlandés no se olvidó.
Sepa además, que me figuro que ya lo debe saber, que fue gracias a una caminata con charla acerca de los mitos que Lewis se convirtió y su interlocutor fue Justamente Tolkien. Relea sino se acuerda Mitopeia mi querido Misomito!
En cuanto a la Cruz ¿cuantos de nosotros somos capaces de comprender su misterio sin alguna imagen? Recuerde que hasta la misma metafísica, Ciencia reina, tiene una constitución simbólica; y además que toda la creación Clama a aquel que la hizo como su imagen, empezando por el mismo hombre.
No tenga miedo en perderse en imágenes, lo invito a ser valiente y a verlas de Frente a la Luz de Cristo y verá que desde Él comienzan a cobrar su verdadero significado.